Es sabido que el establecimiento de estándares comunes a las industrias trae consigo una gran batería de ventajas, por ejemplo, disminuye el derroche, permite facilitar el transporte y empaquetamiento del producto, disminuye los niveles de producción, etc. Es una buena y eficiente forma de beneficiar a la sociedad toda.
Pero, como todo llevado a un extremo, el considerar la normalización como un valor, como algo que es necesario en toda industria, acarrea consigo nuevos problemas que, antes de deificar el procedimiento, no existían. Primordialmente, el afán de estándares promueve la centralización y la burocracia, la generación de grandes departamentos, instituciones y organizaciones cuyo enfoque es exclusivamente la creación y mantención dogmatica de estándares, de limitar la libertad y emprendimiento privado. Por otro lado, en las situaciones donde ninguno de los potenciales estándares en competencia es objetivamente superior a los demás, se generan grandes luchas cuasi-religiosas y grandes gastos de dinero en lobby entre los competidores, con la intención de que sea la contraparte la que debe adaptarse y asumir los gastos asociados a la normalización.
Dentro de los diversos efectos “negativos” de la estandarización extrema es de especial importancia para nosotros el hecho de que se empiezan a buscar nuevas industrias para normalizar, aun cuando no se beneficiarían de esto o aun cuando el estándar a normalizar es inútil. Es en este problema donde Akikan brilla de ingenio, al presentar al primer “antagonista” como un burócrata, un individuo sumergido en las estructuras de normalización y centralización, quien trabaja en un proyecto de estandarización de latas de refrescos, las cuales en Japón presentan una caótica desorganización, siendo un 45% de aluminio y un 55% de hojalata y acero (En contraste con el resto del mundo, donde un 75% son de aluminio y un 25% de hojalata).
Este individuo, este antagonista, no es presentado como un ser gratuitamente maligno, ni especialmente peligroso. No hay bigotes retorcidos, no hay gritos de KISAMA YATSU u ONORE. No hay explosiones, sangre ni muertes gratuitas. Solo un burócrata con un deseo: Normalizar el sistema de almacenamiento y distribución de latas de refresco en Japón. Un deseo que, en el vacio, es beneficioso para la sociedad, pero cuyo método para obtenerlo es de una moralidad sumamente dudosa, haciendo que seres sapientes, esencialmente idénticos a los humanos en inteligencia y forma, deban competir entre ellos para determinar quienes sobrevivirán y quienes serán eliminados, convirtiéndose en curiosidades de coleccionistas.
Y es esto algo que, saliendo un poco de personaje y eliminando el cinismo con el que he hablado en cada uno de estos pequeños análisis, genuinamente no esperaba de Akikan. No esperaba que presentasen a un personaje de apariencia caricaturesco pero que mostrase una mayor complejidad en la profundidad.
Rezo a Tengri por que no lo destruyan en los siguientes capítulos…



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